Argentina es un crisol de razas. Esta frase es muy trillada. Pero no deja de ser cierta. En los barrios o en los conventillos. Convivían y trababan amistad (y algo más), pueblos de muy diferentes latitudes. Quizás en sus propios lugares de origen tenían sus diferencias. Incluso entre países hermanos. O dentro de su propia geografía. Es antológica dentro de Italia misma la eterna rivalidad norte-sud. Pero en Argentina todos convivían. Acaso cobijados bajo el manto del país. De la promesa. Escapando de las guerras. Tampoco cuento nada nuevo al hablar de esa mescolanza. En la que se mixturan españoles, italianos, rusos, polacos, sirio-libaneses, turcos, etc. Y por supuesto también ucranianos.

Ucranianos en Buenos Aires: Los Chasny
Los Chasny eran una familia ucraniana. Oriundos de Kiev. Olga y Miguel llegaron después de la Primera Guerra Mundial. Y se instalaron en Parque Avellaneda. Siendo parte de los pioneros en construir en el barrio. Tuvieron un hijo: Miguel “Mishka“. Y levantaron una casa que todavía existe. Sobre la calle Francisco Bilbao. Olga cocinaba unos deliciosos “Knyshi“. Aromáticos bollos con rellenos. Muy populares en Ucrania Occidental. Estaba siempre sonriendo. Miguel, su marido, era más serio. Pero era un pan de dios. Y “Mishka” era bastante pícaro y reo.
Ucranianos a través del tiempo
Ucrania es un país muy joven. Con raíces muy antiguas. Es la cuna de los Rus, un grupo de tribus eslavas que formaron una primera confederación. En el siglo IX. Junto a los vikingos varegos, formaron un estado multiétnico. En las Crónicas de Néstor (sobre el primer estado eslavo) se cuenta. “Oleg se estableció como príncipe en Kiev. Y dijo Oleg: ‘Que sea esta la madre de las ciudades rusas’. Y estaban con él varegos, y eslovenos, y los demás, y se llamaron Rus”. Más tarde, el territorio ucraniano fue ocupado por mongoles, cosacos, el imperio Austro-Húngaro, Polonia y Rusia, hasta lograr su independencia en 1991.

Amistad de inmigrantes
Al vivir enfrente de la casa de mis abuelos sicilianos se convirtieron en amigos. En grandes amigos. Como inmigrantes colaboraban entre sí. Se apoyaban. Convivían. Se protegían. Agradecidos al país que les permitió sobrevivir. Y prosperar. Mi madre y “Mishka” se hicieron amigos. Aunque este era unos años más chico. Miguel y Olga se convirtieron en padrinos de mi mamá. Creo que esto cuenta bastante la cercanía y confianza que tenían. Se frecuentaban. Compartían cumpleaños. Largas sobremesas. Amaneceres charlando en el patio. Mi madre tiene una histórica foto vestida de ucraniana. Con un vestido que le había confeccionado su madrina.
Mishka
Esta historia por supuesto no la viví. Ni conocí a Miguel y Olga. Ni a mis abuelos. Fue contada innumerables veces por mi madre. Quien quería especialmente a esta familia ucraniana. Si conocí a “Mishka“. Y a su familia. Era camionero. Con el rostro curtido. Y un gran bigote que había sido rubio. Y ahora estaba teñido por el tabaco. Era un gran fumador. Y trabajaba para una reconocida empresa de transportes. Se dejaba caer “cada muerte de obispo”. Cuando su trabajo se lo permitía. Y hacía una “visita de médico”. Después se iba rápido. Sin bajar de su gran camión. También, cuando era chico, íbamos a su casa para los cumpleaños de su hijo. Con el paso del tiempo la relación se perdió. Pero se sostuvo muchos años. Como símbolo de tolerancia, de fusión de culturas. De respeto. Amistad. De paz.



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