Cuando yo era chico el barrio estaba lleno de italianos. A la vuelta vivían los Guida, Anastasia, Chirco, Perrotta, Care, Rachele, Lodovico, Colmegna, Stelladoro, etc. Muchos se mudaron, muchos se murieron. Pero increíblemente muchos todavía están. En las calles hablaban entre sí en dialecto. Con unos gestos y rostros que no necesitaban pasaporte. Era como estar en Little Italy. En alguna escena de “Una Luz en el Infierno“, “Buenos Muchachos” o “Haz lo correcto“. Hoy la realidad es otra. Pero quiero enfocarme en una calle, Homero, y en un par de historias de inmigrantes que fueron y son parte de la identidad de este barrio. Tres historias que sobreviven increíblemente sobre una misma cuadra.

María Pecora
María llegó a la Argentina el 1° de julio de 1949 en el barco Santa Cruz. A los 6 años, proveniente de Reggio Calabria. Recuerda los 23 días durmiendo en camas cuchetas. Comiendo en una larga mesa, la comida se iba de un lado para el otro, al ritmo del oleaje. Vivía junto a toda su familia en una habitación de la calle Monte (entre Zinni y La Facultad). Hizo el primer grado en la escuela Roberto Billinghurst. Y cuenta que no fue fácil adaptarse al nuevo idioma. Se mudo a Lugano en la calle Hubac. Y Luego con su familia a Terrero y San Pedro. Una pileta al fondo, y sogas con sábanas colgando para dividir los espacios a modo de paredes. Más adelante lograron construir. Todos hicieron de albañiles. Su padre era zapatero y después puso una panadería. María a los 14 años trabajaba como costurera.

Pero también ayudaba en la panadería. Un buen día llegó a comprar pan un simpático calabrés de ojos celestes. Doménico “Mingo” Mazzeo, de Catanzaro. A Mingo le gustaba irse a bailar con amigos, y su padre lo esperaba dormido con el cinturón en la mano. Pero, a pesar de eso, se casaron con María. A los 17 años en la Iglesia de Los Remedios. Mingo trabajaba en Sigma y luego en Segba. Tuvieron 3 hijos: Liliana, Sergio y Romina. Se instalaron en el barrio en 1986. María es una excelente cocinera (me consta). Crispelle, chichirichiada, aceitunas scacciata. Mingo hacía vino casero. Y me grababa cassettes de Carlo Buti. Ya no está. Pero María tiene una familia enorme, nietos, sobrinos. Recuerda con alegría su vida de sacrificio. Su orgullo es su familia. Y mantenerla unida.

Los Golia
La familia Golia están en el barrio hace 56 años. Isabella Golia llegó al país desde Albidona (Cosenza). El 17 de junio de 1959 en el barco Salta. Primero se instaló en la calle Escalada. Y más tarde en la calle Homero en la que vive hasta el día de hoy junto a su marido Antonio Golia. También calabrés y primo suyo. Por lo que se da el fenómeno que la familia sea “Golia de Golia”. Se casaron en 1962. Antonio era diariero. Juntos formaron una gran familia con 5 hijos. Salvador, Teresa, Caterina, Carolina y Leonardo. Con Salvador armábamos las fogatas de San Pedro & San Pablo. En una calle cercana sin asfalto. Isabella prepara taralli, ferrazzuoli y hasta hace no tanto tiempo longanizas. En la cuarentena se lo veía a Antonio con su sombrerito junto a Isabella en la terraza. Casi como una postal del neorrealismo en pleno 2021.

Mi barrio ya no es el mismo
María Catalina nació en San Costantino Calabro (Vibo Valentia) en 1935. Iba a ir a Norteamérica. Pero llegó a la Argentina después de 19 días viajando en el buque Giulio Cesare. Primero se instalo junto a su hermano en el barrio de Palermo. Era costurera, “Me arruinó la salud“. Y pese a sus quejas se la ve impecable. Con un acento calabrés como si recién bajase del barco. Cuando era chico pasaba por el frente de su casa, Estaba siempre en la puerta. Con su marido y hermano. Los dos con bigotes manubrio. Uno sentado con la silla al revés. Y el otro en el umbral. Ellos ya no están. Pero ella si. Resistiendo. Hay 15.578.244 historias en la ciudad de Buenos Aires. Estas son tres. En Parque Avellaneda. Sobre la calle Homero.
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