“La inquietud por conocer la historia de mis abuelos inmigrantes es de larga data. Desde muy joven preguntaba por ellos y la causa por la cual emigraron. No tuve la dicha de conocerlos ya que fallecieron antes de que yo naciera”. Así comienza la historia de Beatriz Mattar Arena y de su familia. Un relato que tal vez se parece a la vida de otros tantos hijos y nietos de inmigrantes italianos que llegaron a nuestro país. Pero, al igual que esas otras historias, la de Beatriz tiene algo de particular, algo que la hace única. Los invitamos a conocer a la familia Arena Russo a través de la voz y el recuerdo de una de sus descendientes.
Una nueva historia de inmigración, siguiendo los pasos de la familia Arena Russo
“Escuchaba con interés lo que mi madre, Dalma Arena Russo, contaba. Pero solo después de jubilarme comencé efectivamente a investigar para poder saciar aquella curiosidad. Voy haciendo un camino de descubrimiento lento y azaroso pero que me resulta altamente apasionante. La historia oral transmitida por mi madre, que era la única fuente de datos inicial, comenzó a apoyarse en fuentes documentales escritas (partidas de nacimiento, matrimonio y defunción)”. De esta forma, Beatriz Mattar Arena presenta el inicio de su historia familiar, desanudando el entretejido de su historia. Francesco Antonio Arena y Lucrezia Giovannina Peppina Russo emigraron desde Italia y arribaron a Argentina, separadamente, después de 1900. Si bien hoy el relato parece claro, Beatriz aclara que no dispone de información certera sobre la fecha ni el barco en el cual llegaron sus antepasados.
Francesco Arena y Lucrezia Russo, dos italianos que se encuentran en Buenos Aires
Francesco y Lucrezia se conocieron en Buenos Aires y se casaron en Capital Federal el 8 de abril de 1915. Tal como les sucedía a otros inmigrantes que llegaban al puerto de Buenos Aires, Francesco y Lucrezia dejaron atrás sus nombres italianos para convertirse tan solo en Francisco y Lucrecia. Dichas denominaciones se mantienen en toda documentación argentina posterior. “Allí figura que Francisco era italiano, de Catanzaro, y que sus padres eran José Arena y Antonia Pantano. Lucrecia era italiana, de Salerno, y sus padres eran Rafael Russo (en ese momento ya fallecido) y Ana Pisani. Las Atti di Nascita encontradas en los archivos de familsearch permitieron descubrir que Francisco (1875) nació y vivió en Orsigliadi, comune de Ricadi, provincia de Catanzaro (hoy provincia de Vibo Valentia), región Calabria. Su padre fue contadino”.
Una genealogía familiar
“Mi madre solo nombraba, de su familia paterna, a su tío Giuseppe y a su tía Domenica (casada en Argentina con Vito Di Carlo). Posiblemente, en Italia, hayan quedado sus abuelos paternos (Giuseppe y Antonia) y su tía Beatrice (casada con Luigi Pantano). Por las atti di morte, constaté que Francisco tuvo otros hermanos, Caterina y Carmine, fallecidos en Italia en el mismo año (1887). Por su parte, mi abuela Lucrecia (1879) nació y vivió en Cannicchio, comune de Pollica, Provincia de Salerno, región Campania. Su padre fue possidente.

Sus hermanas Elisabetta (casada en Argentina con Francisco Guaracino), Girolomina (casada con Paladino), Italia (casada con Angelo Petillo en el bel paese) y su hermano Domenico eran los tíos maternos que emigraron en la misma época. Quedaron aparentemente, en Italia, su madre (Anna Pisani) y dos hermanas más (Eugenia Cristina Rosalía y Ángela Giroloma Colomba). Todo este grupo de inmigrantes italianos que conformaban las familias Arena y Russo se asentaron en Buenos Aires, en las zonas de Caballito, Saavedra y Balvanera”.
El crecimiento de la familia Arena Russo
Francisco y Lucrecia conformaron una familia con 5 hijos: Antonia (1916), Dalma (1917), Argentina (1919), José (1920) y Llola (1924). “Luego de vivir un tiempo en Buenos Aires, donde nacieron las dos primeras hijas, se trasladaron a San Juan con el propósito de vivir de lo que sabían y querían: ser agricultores”. Explica Beatriz y continúa. “Desde que se instalaron en aquella provincia (1918), arrendaron una propiedad ubicada en la calle Buenos Aires entre Santa María de Oro y Balcarce, departamento de Santa Lucía. Allí, comenzaron a construir el sueño de la tierra que les permitiera vivir en paz y progresar“.
De Buenos Aires a San Juan
“En 1923, Francisco y su hermano José pudieron comprar dicha propiedad que tenía una extensión de 23 hectáreas. Pasados unos años, José regresó a Buenos Aires porque su esposa no se adaptaba a la difícil vida del campo, según recordaba mi madre. José vendió su parte y, desde ese momento, Francisco se quedó solo en San Juan y con una propiedad de 16 hectáreas”.
Una familia de agricultores
“La finca de mis abuelos italianos estaba destinada prioritariamente al cultivo de la vid pero en esa época, tenía lo que la vida propia del campo demandaba. Más allá de la producción para la comercialización, había -para el consumo familiar- toda clase de frutales. Naranjos, pomelos, duraznos, damascos, manzanas, membrillos, higos, nueces, aceitunas. La huerta con verduras y los animales pequeños (gallinas, patos, gansos, lechones) no faltaban. Hasta tenían una vaca que les daba la leche”.
El recuerdo de Dalma Arena Russo
“Teníamos de todo, no nos faltaba nada’, decía mi madre Dalma Arena Russo. Los recuerdos de mi madre, ligados a su etapa de niñez y juventud, expresaban amor por la tierra y gusto por la vida en el campo. Sin embargo, al mismo tiempo, marcaban el esfuerzo y la perseverancia que ella demandaba. También reconocía que se vive acompañado por el temor a los fenómenos climáticos. Perder una cosecha es perder un año de trabajo y tener un año de miseria”.
El terremoto de San Juan cambió la vida de la familia
“El gran terremoto que asoló a San Juan en el año 1945 marcó el inicio del fin de Francisco y Lucrecia en esta tierra argentina. La vivienda de la familia Arena Russo quedó destruida y Francisco, herido en una pierna. Tenía mucha dificultad para movilizarse y continuar trabajando la finca. Con mucho dolor, tuvo que vender parte de esa propiedad que, con tanto esfuerzo, habían construido. “Lo invadió la tristeza” -expresaba mi madre – y se enfermó. Un año después, en 1945, falleció en el Hospital Italiano de Buenos Aires”.

“Estos acontecimientos afectaron también la vida de Lucrecia y, solo dos años después (1947), murió en su casa a causa de un infarto. De los cinco hijos que tuvieron Francisco y Lucrecia, solo mi tío José podía continuar con este legado. Se casó con María Ester Martínez y tuvieron siete hijos. Su dedicación a la agricultura estuvo combinada con la actividad política. Fue intendente del Departamento de Santa Lucia. No pudo terminar su mandato porque fue embestido por un toro en su propiedad y murió a los 45 años. Todos mis recuerdos de la finca son hermosos y los atesoro. Están llenos de enseñanzas ligadas al valor del trabajo, del esfuerzo y la constancia”.
¿Qué sentís cuando te nombran a Italia y a tu familia?
Inmediatamente, al pensar en su familia y en la patria de sus nonnos, los ojos de Beatriz se llenan de lágrimas. La emoción y la añoranza se agolpan en su corazón y resuenan en su voz. “Cuando nombran a Italia, como país, me siento involucrada en alguna medida y me despierta la curiosidad de conocerla más. Me identifico como argentina, pero sin duda, a través de mi madre, tengo cierta impronta cultural propia de la inmigración italiana de esa época”.
Un corazón que late por Argentina e Italia
“Me invaden sentimientos positivos aunque también negativos. Los primeros vienen ligados a la esperanza de paz y progreso. Los segundos están vinculados al temor por lo desconocido y sobre todo al dolor del desarraigo. Como casi todos los inmigrantes, mis abuelos venían de una vida muy difícil a una vida con promesas e incertidumbres. Estoy convencida de que cualquier proceso inmigratorio amplio, de cualquier país, solo tiene un responsable: las políticas de estado”.
Beatriz y el recuerdo de la familia Arena-Russo
“Hacia mi familia de origen italiano, solo siento agradecimiento y admiración. Me legaron siempre buenas enseñanzas: la alegría por la familia unida, el afecto por la vida del campo, el reconocimiento del valor de la educación, la comprensión de que las reacciones temperamentales (las famosas tanadas) no acumulan rencor. Incluso desde la ansiedad y el temor, ante la carencia y el desamparo, transmitieron la importancia del ahorro para el progreso, la ilusión de una vida mejor, la satisfacción de la tarea cumplida y el propósito alcanzado. Si la historia de mi familia italiana interesa a otros es porque la reconocen y, desde mi lugar, solo puedo agradecer”.
Finalmente, si pudieras ¿Qué les dirías a tus abuelos que emigraron desde Italia?
“Coherentemente con lo antes dicho, les diría gracias y perdón. Gracias por el legado material. Esta tierra que cultivaron y cuidaron, donde dejaron sus huellas, sus sueños y sus vidas. Gracias por el legado cultural que expresaban sus ‘dichos’ y que me llegaron por mediación de mi madre. Por la ilusión de sus vidas, por sus alegrías y también por sus agobios es que respeto, admiro y valoro profundamente el trabajo del hombre de campo. Y entiendo que desde la cultura del trabajo y del esfuerzo estos inmigrantes vivieron en Argentina”.

El dolor del desarraigo, un dolor recurrente
“También les diría perdón. Si bien es cierto que mi país, Argentina, los recibió sin nada, les dio la posibilidad de hacerse un lugar para vivir en paz y formar una familia. Sin embargo, los inmigrantes supieron contribuir con la obra de sus manos a la construcción de nuestro país. No llegaron simplemente para cosechar sino que llegaron para sembrar y, posiblemente, luego cosechar. Perdón porque la decepción reapareció al final de sus vidas. Lo logrado en esta tierra no alcanzó para apagar el dolor del destierro. Puedo escuchar aún la voz de mi abuelo, al final de sus días, que decía: ‘Ah, la mia bella Italia’. Por mi parte, aseguro que los honro y muchas veces pienso que hubieran disfrutado mucho al ver el cambio de este lugar que dejaron y la familia grande que aquí quedó”.
Autora de la imagen de portada: Beatriz Mattar Arena



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