Vitto Moya deja en claro en el comienzo de la charla que Napulé no es un restaurante común. Descendiente de napolitanos y calabreses decidió abrir este lugar que era/es su casa. Sí, aquí vivía Vitto. En una enorme hermosa casona en el barrio inglés de Caballito. Es tan fanático que se hizo traer un horno Grimaldi de Vietri sul Mare, Nápoles. Y cuenta con la certificación de APN (Asssociazione Pizzaiuoli Napoletani). Por lo que la pizza no es “alla napoletana“. Si no, napolitana napolitana. Para esto, tiene un socio estratégico: el chef napolitano Luigi Iavarone. Que además es maestro pizzero. Creo que no hay nada más que decir.
Socios para la aventura
Luigi y Vitto se conocieron en Uruguay. Luigi manejaba “Il Faro” de José Ignacio y “L’Incanto” de Punta del Este. Napulé abrió hace muy poco. El 19 de junio cumple sus dos meses. Una gran apuesta. Con 30 personas trabajando. La nonna de Vitto, María “Nina” Pérsico es clave en toda esta historia. Nacida en San’Agata sui Due Golfi (Nápoles), supo transmitir a su nieto el amor y el respeto por la cocina. Como también su madre, que nació en el barco que la trasladaba a la Argentina. Proveniente de Roseto Capo Spulico (Calabria). Vitto también es vicepresidente de USEI (Unión Sudamericana Emigrantes Italianos), como mano derecha del diputado Eugenio Sangregorio. “Quiero que la gente coma exactamente como se come allá”, dice.
E dopo morire
Leí una reseña del lugar y obviamente me dio curiosidad. Una gran esquina, en un lugar estratégico. Atmósfera muy italiana. Desde la vajilla hasta el sobre en el que la camarera trae la cuenta (diseño de Vitto con aires “Versacescos”). Tuve la suerte de encontrar ese mediodía al Maestro Carniglia que tocaba en el acordeón “Santa Lucía”. Así que todo funcionó. La pizza es perfecta. El horno Grimaldi valió la pena. “Me salía más barato traer una Ferrari”, cuenta Vitto. Napulé promete y cumple. Mi hijo se hizo bastante fanático. La harina, el pomodoro. “Es única en latinoamérica”, asegura Vitto. La ambientación está llena de motivos napolitanos. Una Perséfone convive con un San Gennaro.
En el detalle está todo
Napulé está repleta de detalles. A la tarde salen los aperitivos y se reúne la juventud. Vitto Moya quiso armar una Galería de Arte con restaurante. Pero le ganó el restaurante (por suerte). Antes de que llegue el plato te traen unas olivas negras, hummus y berenjenas en escabeche. El pan está buenísimo. El menú es amplio y absolutamente meridional. Dan ganas de seguir probando. En la calle se está bien. Es un pasaje muy tranquilo. Y la esquina es cómoda, amplia. Podés estar al sol o no. O bajo una galería calefaccionada ganada a la calle. La pizza Margherita con Fior di latte llega en una bandeja caliente.
Hay vino italiano y tragos que no se consiguen en ningún otro lugar. Y por las dudas acercate a la barra, como hice yo. Que me me tomé un Vecchio Amaro del Capo que no estaba en la carta. “Torquato Tasso es el Dante Alighieri del sur de Italia”, nos dice Vitto acerca del poeta. Vitto es un gran anfitrión. “Es mi casa” (y esto es indiscutible). Napulé es su casa en todos los sentidos. Y con todos los sentidos vamos a volver. Para disfrutar de la experiencia Napulé. Una fiesta para los sentidos.

